La protagonista muda.

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En casi todas las ciudades hay una casa, un edificio que guarda una historia esperando a ser contada.

Quizás los dueños actuales la conozcan o tal vez sepan más de ella aquellas personas que sin habitarla fueron coprotagonistas de su pasado. 

Esas propiedades singulares, en algunos casos dan pie para que nosotros los escritores instalemos nuestros lienzos y pintemos a partir de ellas, una historia.

Y ese fue el caso de «La Torre del millonario.»

Hoy es un hotel de cinco estrellas llamado «Villa Retiro.» Uno de los descendientes de la familia que construyó la casa me contó parte de la historia. Y podría hacerse una novela con ella: indianos que iban a buscar fortuna a las Américas y volvían a su pueblo para construirse mansiones con el dinero ganado en tierras lejanas. Y para afirmar el gentilicio también favorecían a la iglesia del pueblo o construían una obra más o menos fastuosa que impresionara y generara agradecimiento.

Para mí, sin embargo, eran más importantes otros detalles. ¿Cómo veían los habitantes del pueblo aquella construcción?

Me propuse mirarla desde los ojos de un chiquillo a inicios de la Guerra Civil Española, allá por 1936. Una mansión de extensos jardines con grutas artificiales y cascadas que sus propietarios habían abandonado por la inminencia de la contienda. 

«Se fueron a vivir a Italia, lejos de la metralla, las bombas y las trincheras.» Fue la explicación en tono de reproche que escuché.

A los ojos de aquellos niños inocentes que no sabían lo que era una guerra, la propiedad abandonada debía ser un lugar ideal para jugar y soñar con países ignotos, piratas o castillos donde liberar princesas…

¿Y a los ojos de los mayores?

Creo que debían sentir una mezcla de orgullo y envidia sana, o de la otra… 

Es muy posible que muchos desearan irse a Argentina para ver si podían conseguir la misma vida que los Martí i Tomás. Lo que es seguro es que en un pueblo pequeño como Xerta no se hablaría de otra cosa cuando se construyó. Además, tengo entendido que muchas personas trabajaron para esta familia cuando instalaron su fábrica de perfumes.

Por otra parte, cuando el ser humano pasa por situaciones muy críticas como estar prisionero y su vida pendiendo a diario de un hilo… fantasea. Soñar despiertos con un futuro mejor es una manifestación del instinto de supervivencia. Por eso pensé que quienes estaban confinados en Mauthausen y eran de Xerta, posiblemente se animaran con la ilusión de emigrar a Argentina y hacer fortuna como sus convecinos. Y estoy seguro que habrían contagiado con su delirio a otros prisioneros españoles.

Para poder delinear las características de mi protagonista muda, la casa debía paradójicamente contarme parte de su historia. No la «biografía» conocida y tradicional «fue construida por Josep Fontseré Mestre hacia 1892 con estilo modernista muy en auge en aquella época…» Yo necesitaba conocer el espíritu, detalles de su existencia. Para ello pedí permiso y la visité, intenté mentalmente ubicarme en ella setenta años atrás. Pregunté a personas muy ancianas de Xerta y así me enteré que frente a la casa había originalmente una estatua negra. Según la descripción que me hicieron sería la de Jaime Martí i Tomás leyendo un periódico. Los dueños actuales no saben nada de ninguna estatua. También supe que la casa fue saqueada por las tropas republicanas y luego por las golpistas y que en 1960 durmió allí Francisco Franco cuando inauguró el monumento a la Batalla del Ebro en Tortosa.

La casa se encuentra muy bien conservada y su arquitectura me habló de que los Martí i Tomás no fueron solo unos emigrantes que tuvieron suerte en la «tierra prometida». Pero eso es para otro artículo o quizás una novela más.

De momento la protagonista muda… habló y lo hizo alto y claro.     

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