No molestar, estoy escribiendo.

notebook-2436894_1280

Se suele asociar la imagen de un autor como alguien que se sienta frente al ordenador, antes era la máquina de escribir, y teclea hasta altas horas de la noche como un poseso. No es mi caso. Tampoco soy de aquellos escritores románticos que se inspiran viendo llover a través de una ventana mientras beben un café.

Más bien soy como una tromba que viene, escribe, se levanta, se prepara un café, vuelve a escribir, vuelve a levantarse de su silla, fuma, sale al balcón… Esa manera de ser parecería la antítesis de alguien reposado y sereno que se dedica a contar historias escritas. 

Es que, no puedo estar sentado durante mucho tiempo seguido. Es más. A menudo me encuentro dando vueltas por la casa. El moverme activa mis neuronas y me ayuda a pensar cuando quedo estancado en el hilo de la historia. También suelo escuchar música mientras escribo. En especial si hay ruidos fuera que me quitan la concentración. Para ayudarme, una de mis hijas me ha regalado un cartel que dice: «No molestar. Estoy escribien viajando».

¡Muy acertado!

Porque yo viajo mientras escribo y escribo mientras me muevo.

Yo le llamo a este proceso «el síndrome del cuento corto o del reportaje publicitario». Quizás tantos años escribiendo textos acotados a una cantidad reducida de caracteres ha afectado a mi sinopsis neuronal. Y se desconectan cada 500 palabras sin contar espacios…

Cada escritor tiene un proceso personal en la creación de sus historias. Hay quienes van construyendo la trama a medida que van escribiendo. Otros se fijan un orden de capítulos para todo el libro y también los hay que solo tienen una frase del inicio o un final y deben construir el entramado y los personajes para que se ajusten a lo que tienen. 

Yo tengo en mi cerebro una serie de conejos que salen de una galera. 

¡Sí!

La historia ya está completa en mi cabeza y podría contarla en público como lo hubiese hecho un juglar de la Edad Media. Hay imágenes que se me ocurren divertidas o dramáticas, diálogos enteros y personajes secundarios que aparecen con todo detalle. Y la novela se proyecta en mi mente como si fuese una película. El problema radica en volcar la película a palabras y hacer que el lector se imagine algo parecido a lo que yo vi en mi sesión privada de cine. Sería como escribir el guion después y no antes de la filmación.

Hace unos años leí un reportaje a J.K. Rowling en el cual la autora expresaba que le había sucedido algo similar con Harry Potter durante un viaje en tren.

«Eureka», pensé en ese momento. «Alguien más tiene el mismo problema que yo»

¿Problema?

Sí. A veces quisieras tener un artilugio que transformara las imágenes en palabras para ir más rápido. 

Para quienes tienen esta manera de crear, suele ser bastante normal que se les acumulen las películas. Es decir, no has terminado de escribir la que acabas de ver y algo o alguien desencadena otro film en tu cabeza.

Recuerdo que hace muchos años decidí tomar un curso de escritura creativa. Lo hice tras ser derrotada mi novela en la final de un certamen literario. En esos casos algunos dudamos de la calidad con la que escribimos y nos abocamos a mejorarla. Una de las técnicas que utilizamos fue la de mirar una fotografía y desarrollar una historia a partir de ella. Yo nunca lo había hecho. El resultado fue espectacular. Una de las fotografías parecía ser de un pueblo de pescadores. Era nocturna y se veían las calles adoquinadas que descendían, las casas de piedra y algunas ventanas iluminadas. Sentí en mi boca hasta el gusto salado del aire de mar y la historia surgió como una película completa. Allí comprendí que siempre había escrito a partir de imágenes, algunas reales evocadas por los recuerdos y otras creadas por el pensamiento.

Ya sabéis cómo es mi proceso creativo. Ahora… «No molestar. Estoy escribiendo»

Y buen trabajo me cuesta quedarme quieto unas horas.   

Leave Comment